sábado, 5 de marzo de 2016

Envejecer

Mi hermano Wilhelm y yo envejecemos con una década de diferencia; él, por ser el mayor, tiene una percepción más ajustada que la mía, que es la de un principiante en estas cuestiones. Hablamos del tema intentando no dramatizar; el envejecimiento, suele tratarse con circunloquios y humoradas, con la intención de quitarle hierro al asunto. En eso, somos como el resto del mundo. Lamentablemente, a él le han asaltado ya problemas serios de salud, esos que ponen en entredicho la continuidad de la existencia; intento acompañar su lucha y sus esperanzas, con una actitud de mesura, sin falsas certezas. Nunca me ha gustado quitarle importancia a los problemas, ni desplegar ese optimismo atolondrado con el que algunos, pretenden alentar al afligido. 
La muerte es un acontecimiento ajeno; se la lee en los periódicos, se la oye por la radio; y hasta, en un decidido acto de gusto dudoso, se la ve por la tele como un evento de pobres, oprimidos y gente sin abogado. Repta sin embargo desde las raíces de cada hijo de vecino, y cuando comienza a florecer, cada uno se hace cargo de ese jardín secreto, ocultándolo lo mejor que puede y le dejan. 
Pesa la muerte en las  horas bajas, tanto en el ánimo de los enfermos como en el de los sanos, de los desheredados y los dueños del circo. 
La muerte te hace preguntas que no quieres responder, y eludes el cuestionario posponiéndolo para un momento que nunca llega. 
Sí que nos preguntamos acerca de la vida pasada, y tampoco ahí somos del todo dados a una respuesta clara. 

Dependiendo del estado anímico, uno piensa que ha vivido como ha querido o como ha podido, cuando en realidad, apenas ha vivido como ha podido querer.