sábado, 15 de febrero de 2014

Desterrados y descerebrados

La crisis, entre sus muchas consecuencias, dio en desplazar a mucha gente, tras perder la posibilidad de pagar los onerosos gastos de una metrópolis. Se esparcieron los citadinos, y miraron de lejos la escasa calidad de vida que entonces tenían; almibarada eso sí, por una oferta cultural y eventos a mansalva a la que sólo podían asistir de Pascuas a Ramos. Todo el relumbrón de las urbes, siempre enmascara miserias cotidianas; ayuntamientos arbitrarios; aire de escasa calidad; ruidos incesantes (unos necesarios y otros no), que mantienen al urbanita en un larvado estado de crispación, y esto sólo vale para los que aún no estuvieran desquiciados. Desde la calma rural, o la pachorra más o menos autista de los pueblos no demasiado grandes, el exiliado termina encontrando demenciales, los usos y entorno de las megalópolis o sus contagiados satélites. No tener que recordar dónde tuviste que dejar tu vehículo, tras deambular por calles y callejas hasta la irritación, porque está dentro o en la puerta de tu casa, es un placer modesto; pero de indudables efectos sedantes. La ausencia de estrépito y guerra bacteriólogica automotriz e industrial, da una sensación de paz natural que no es real del todo; pero comparado con lo que uno ha dejado atrás, cualquier cosa da el pego.
Los desterrados que probablemente no tengan oportunidad de volver al mundo, ni al lugar en que habitaran, se construyen unas rutinas nuevas, con el pié posado apenas en el acelerador. Ajustan su presupuesto, y terminan aprendiendo tareas largamente en desuso en las grandes concentraciones urbanas. 
En la gran espantada, a mí me tocó una región donde la corrupción política, es una de las tradiciones con más acervo, y aprendí que no es casualidad, el que le hubiera tocado este dudoso honor a nivel nacional. En una tierra donde la palabra carece de valor y la ventaja debe conseguirse a cualquier precio, es razonable que sus dirigentes sean los eximios representantes de esta mentalidad parasitaria.
Ser paleto y tramposo no es necesariamente un tándem indisoluble; pero es tan grosera la combinación, y tan extendida en estas tierras de lazarillos, que lo de los políticos es apenas una consecuencia más. 
Cuesta abstraerse de este ambiente culturalmente nocivo; pero manteniendo una prudente distancia de los nativos, la vida puede ser muy llevadera, al norte, al sur, al oeste y al este del Edén.

1 comentario:

Mon dijo...

Los dos últimos párrafos los borda; es algo que siempre he pensado y sentido, y si hay un pensamiento que me aterroriza es pensar en la posibilidad de un contagio con ese "meninfotisme" que tanto aborrezco. Es una posibilidad bastante remota pero con las bacterias nunca se sabe. Por si acaso, hago lo posible por vacunarme cada día.

Besos, besos.