lunes, 24 de febrero de 2014

Un día triunfal (celebración de un aniversario)


El 8 de Marzo de 1914, un escritor se acercó a una mesa alta donde solía escribir de pié, y en un arrebato de inspiración, escribió sin interrupción, más de treinta poemas que serían el alma de: El guardador de rebaños, obra atribuida a uno de sus seres interiores al que bautizó como Alberto Caeiro; a continuación, en algo parecido a un trance, escribió uno de los poemas-delirio más significativos de la obra firmada con su verdadero nombre: Lluvia oblicua.  Hablamos de Fernando Pessoa, el gran poeta portugués que se hizo acompañar en su inmensa obra, por seres a los que llamó: Heterónimos*, esto es, no ya seudónimos, sino personalidades diversas que le habitaban y tenían rasgos y estilos literarios propios. Los más conocidos de estos personajes imaginarios que le ayudaron a exponer su vasto mundo íntimo, son: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, António Mora y Bernardo Soares, a quien atribuyó el libro más sorprendente que he leído en mi vida: El libro del desasosiego. Fue tal el impacto que me produjo esa obra, que al mediar su lectura, decidí que no quería leerlo hasta el final, y a partir de entonces,  comencé a abrirlo aleatoriamente, con la cándida esperanza de descubrir textos no leídos anteriormente. Así estuve durante 17 años, leyendo o releyendo aquí y allá; siquiera tomaba la precaución de no acercarme al final del tomo, porque no es un libro que tenga una trama que pueda seguirse, sino un glorioso destripado de su alma, reflexiones y análisis de los temas más diversos, hechos por una mente prodigiosa. Finalmente, al salir una nueva edición a cargo de El Acantilado, y debido al mal estado del original de Séix Barral aparecido en los años 80, decidí comprarlo y leerlo como se supone que debería hacerse, sabiéndome expuesto a la pena de terminar de leer lo que me hubiera gustado no tuviera fin. Como la obra de Pessoa no fue ordenada ni publicada por él mismo (apenas un puñado de páginas en revistas literarias y un poema (Mensagem) que a mi gusto no tiene el menor interés ni es representativo de su genio), cada editor ordenó como mejor pudo sus escritos, atendiendo a las escasas instrucciones escritas dejadas por el autor como recordatorio de sus intenciones. Me encontré con los mismos textos que conocía perfectamente; pero esta vez estaban organizados con la intención de mantener una correlación que me pareció más propia de las necesidades editoriales que del espíritu de la obra.
El trabajo de Ángel Crespo en la primera edición y traducción de: Livro do desassossego en Castellano, me sigue pareciendo insuperable; por eso seguramente perdí de vista la nueva versión de El Acantilado de 2002. No sé si lo regalé o lo presté, cosa que nunca debe hacerse con los libros, que son muy orgullosos y casi siempre deciden no volver a nuestros estantes; pero que en cualquier caso, deja a las claras mi poco aprecio por esa nueva versión .
El 8 de Marzo hará cien años de aquel día triunfal del peculiar y exquisito pensador y literato luso; no conozco su obra al completo, porque aún (más de ochenta años después de su muerte), continúan los estudiosos intentando recomponer el rompecabezas de una obra inconmensurable contenida en un baúl mágico que sigue dando sorpresas. 
Escritos filosóficos a cargo de António Mora; poemas de los ilustres : Caeiro, Reis y Álvaro de Campos; poesía y ensayos sobre ocultismo del propio Pessoa o el Libro del desasosiego de Bernardo Soares, han alimentado  mi admiración en los últimos treinta años. 
Es muy poco lo que he encontrado en su obra que pueda considerar "olvidable", como las novelas policíacas del Dr. Quaresma o algún grandilocuente poema-panfleto a la búsqueda de una subvención gubernamental.
Desde aquel primer encuentro de hace décadas, el reconocimiento a su figura ha crecido internacionalmente; hoy ya está justamente instalado en el Olimpo de los grandes creadores europeos, y ha crecido exponencialmente el número de estudiosos de su legado y el de lectores agradecidos a su brillante genio y talento literario. 


*Heterónimos de Fernando Pessoa (no están todos los que creó a lo largo de su vida, comenzando por Chevallier de Pas a los seis ños de edad):

Alexander Search, Charles Search, Charles Robert Anon, David Merrick, Fray Maurice, María José, Antonio Seabra, Joaquím Moura Costa, António Mora, Barão de Teive, Thomas Crosse,  Jean Seul de Méluret, Alberto Caeiro, Clarice da Rocha, Álvaro de Campos, Lucía Queiroz, Jerónimo Chiado, Bernardo Soares, Ricardo Reis, Frederico Reis, Abílio Quaresma, Raphael Baldaya, Vicente Guedes etc.

sábado, 15 de febrero de 2014

Desterrados y descerebrados

La crisis, entre sus muchas consecuencias, dio en desplazar a mucha gente, tras perder la posibilidad de pagar los onerosos gastos de una metrópolis. Se esparcieron los citadinos, y miraron de lejos la escasa calidad de vida que entonces tenían; almibarada eso sí, por una oferta cultural y eventos a mansalva a la que sólo podían asistir de Pascuas a Ramos. Todo el relumbrón de las urbes, siempre enmascara miserias cotidianas; ayuntamientos arbitrarios; aire de escasa calidad; ruidos incesantes (unos necesarios y otros no), que mantienen al urbanita en un larvado estado de crispación, y esto sólo vale para los que aún no estuvieran desquiciados. Desde la calma rural, o la pachorra más o menos autista de los pueblos no demasiado grandes, el exiliado termina encontrando demenciales, los usos y entorno de las megalópolis o sus contagiados satélites. No tener que recordar dónde tuviste que dejar tu vehículo, tras deambular por calles y callejas hasta la irritación, porque está dentro o en la puerta de tu casa, es un placer modesto; pero de indudables efectos sedantes. La ausencia de estrépito y guerra bacteriólogica automotriz e industrial, da una sensación de paz natural que no es real del todo; pero comparado con lo que uno ha dejado atrás, cualquier cosa da el pego.
Los desterrados que probablemente no tengan oportunidad de volver al mundo, ni al lugar en que habitaran, se construyen unas rutinas nuevas, con el pié posado apenas en el acelerador. Ajustan su presupuesto, y terminan aprendiendo tareas largamente en desuso en las grandes concentraciones urbanas. 
En la gran espantada, a mí me tocó una región donde la corrupción política, es una de las tradiciones con más acervo, y aprendí que no es casualidad, el que le hubiera tocado este dudoso honor a nivel nacional. En una tierra donde la palabra carece de valor y la ventaja debe conseguirse a cualquier precio, es razonable que sus dirigentes sean los eximios representantes de esta mentalidad parasitaria.
Ser paleto y tramposo no es necesariamente un tándem indisoluble; pero es tan grosera la combinación, y tan extendida en estas tierras de lazarillos, que lo de los políticos es apenas una consecuencia más. 
Cuesta abstraerse de este ambiente culturalmente nocivo; pero manteniendo una prudente distancia de los nativos, la vida puede ser muy llevadera, al norte, al sur, al oeste y al este del Edén.