domingo, 22 de diciembre de 2013

Hostias

Tengo la teoría de que hay una cobardía que no pasa de ser un exacerbado instinto de conservación, lo que no es malo de suyo. La idea de que si (en lo que a broncas se refiere) tienes un buen día, acabas en la comisaría; y si uno malo, en el hospital, me ha pesado a la hora de llevar un conflicto a sus extremos. Soy uno de esos tipos que solo se lían a hostias si además de acorralarle, le dan un par de sopapos. He rechazado peleas por astucia, canguele y conmiseración; tengo a gala no haber atizado nunca a un borracho o a alguien evidentemente inferior en fuerzas a mí. Sólo una vez no respondí a un puñetazo que me dieron; el tipo tenía fama de pendenciero, fuerte y persistente en sus ansias de medir fuerzas, y yo, tenía siempre algo mejor que hacer. Reconozco que muchas veces he lamentado aquella inhibición; pero la idea de que podría haber sufrido una derrota con sangre propia y cardenales, me ha hecho considerarla un mal menor.
La violencia, sólo le parece divertida a aquellos que no tienen otros campos en los que hallar disfrute o victorias, y afortunadamente, a lo largo de mi vida, he tenido tantos intereses más positivos que esa afición primitiva a los mamporros, que he centrado mis energías en ellos.
Mi último episodio de violencia física, se saldó con un prodigioso gancho de izquierda a la mandíbula, como si lo hubiera practicado diariamente durante años. No es que sea zurdo, es que en la mano derecha llevaba un paraguas que ni siquiera solté para no mojarme en aquel otoño madrileño ante una grosera falta de urbanidad. La moraleja para el damnificado  podría ser:       
  "Nunca ataques a un tío cabreado que lleva el puño izquierdo engatillado". 
Mi rival me prometió venganza; pero nunca le volví a ver, lo que habla de su sensatez ante la impresión que pudiera haberle causado tanta pericia pugilística; en realidad fue un milagro afortunado (para mí). Él al parecer, nunca lo supo y yo me quedé con el buen sabor de boca de haberme retirado con una victoria tras cincuenta años de vivir en los suburbios de diferentes países.
 Hace ya muchos años de este episodio, y espero que la vida me conceda la gracia de que haya sido en verdad, mi última incursión en las disputas físicas; los revolcones ahora, los prefiero con caricias, abrazos y besos. En esto no pienso colgar los guantes, de momento.

3 comentarios:

a volvo dijo...

En qué estaría ud. pensando para llegar tan atrás en los recuerdos… Desde luego motivos hay de sobra para ponerse en acción, pero celebro que haya elegido los más agradable, por lo que deduzco que tonto no es.

Me alegra saber de sus andanzas, aunque sea a base de hostias, pues tenía de plazo hasta hoy para dar señales de vida.

Le dejo un beso, sr. púgil.



tequila dijo...

Jamás me pegué con nadie más allá de un buén tirón de pelo, arañazo o pellizco, y eso que traté de practicar con hermanos y primos pero claro: mi nula pericia pugilística no les motivaba más que risas o capones...
Recuerdo una vez en que un noviete (de otras décadas) se lió a mamporros con un energúmeno en la calle. Me dió por meterme en medio tratando de pararle: lo que dió ventaja al desconocido para propinarle un par de golpes que le dejaron en el suelo. Aprendí entonces ( por los días de silencio y asuncia de mi amigo) que en peleas ajenas no ha de mediar dama y de ser así: que una debe parar al contrincante...
No gusto de la violencia: en ninguna de sus variante. No por ser pusilánime en tales lides (aunque confieso confieso que los revolcones hicieron mella), si no por la sensación de desasosiego que dejaron aun ganando batallas.
Besos revolcados

mangeles dijo...

Hace mil años que no veo a nadie pegarse¡¡¡¡ Me parece que nos hemos civilizado demasiado ¿o no?...En cualquier caso...yo venía a desearte UNAS NAVIDADES BONITAS¡¡¡ Que disfrutes amigo. Un beso