sábado, 28 de diciembre de 2013

Mi nombre es Al, Al Zheimer


Mi nombre es el que es, y si tuviera memoria, podría evocar las miles de páginas que he leído (al azar y sin motivo alguno) a lo largo de mi vida. Biografías, cuentos, leyendas, leyes físicas o esos teoremas de la razón a cuyo conjunto llaman filosofía. Lamentablemente, la mayor parte de esas lecturas, caen en el olvido más profundo; y apenas vestigios desmadejados, ideas sueltas que me hubieren impresionado, acuden a mezclarse aviesamente con otros temas heterogéneos, lo que me ha granjeado más de un ridículo. Aún a sabiendas del poco provecho que extraigo de esas horas de inmersión en el afán, pasatiempo o condena de otras almas, continúo abriendo un poemario o una enciclopedia cualquiera, allí donde la fortuna, o la tracción desentendida de mis dedos ha decidido. He conocido (sin ninguna necesidad práctica de ello) la vida de personajes que, habiendo sido insignes en su tiempo, han entrado poco a poco en la oscuridad de la historia. Apenas un puñado de seres (considerando los miles de millones de calaveras que hemos dejado atrás), consiguen aferrarse a una rabiosa actualidad, y cuya vigencia depende de los libros de historia, a través de las pasiones políticas, las consideraciones raciales o el fervor religioso (que muchas veces está demasiado ligado a las dos categorías anteriores).
Si hubiera sido capaz de retener aunque fuera un átomo de la magia de miles de poemas; narraciones y frases afortunadas o pulidas con esmero que he disfrutado y olvidado, podría escribir los versos más...¡Uy!, ¿de quién es esto...?, ¡Ah sí, de Mecano!

3 comentarios:

Torroja de incógnito dijo...

Mi apreciado (desde hace unos minutos y antes desconocido) Alphonse, sin duda alguna esos versos han de ser nuestros, aunque no esté segura... Siempre me costó memorizar las letras: los cerebritos eran ellos, pero yo destacaba por mi fabuloso cuerpo y mi portentosa voz...
En pliñ... besos agradeccidos

Tormento dijo...

Pliñ!!
El dos.

Llego tarde pero jubilosa de saber que recuperamos a uno de los grandes.

Bienvenido, señor Borges, don Jorge Luis. Un placer volver a leerle.

Fdo.: Alfonsina Storni

gorrioncito dijo...

Dicen que la cultura es aquello que recordamos después de olvidar lo que hemos aprendido. En cierto sentido, los que más saben son los que más han olvidado. Nunca debemos olvidar aprender que también tenemos que aprender olvidar. O quizás sea al revés. En cualquier caso, la memoria no es sólo mentirosa (con su tediosa tendencia a idealizar lo bueno e ignorar lo malo, a prostituir los recuerdos con el romanticismo de lo retrospectivo) sino también caprichosa: es capaz de apresar con férrea determinación la experiencia más banal y que la más trascendental nos resulte inasible.

Sí, las relaciones entre memoria y olvido siempre han sido problemáticas, especialmente en el caso de Mecano. Decía el gran filósofo austriaco Wittgenstein (¿era filósofo?... y lo que es aún peor, ¿era austriaco?) aquello de que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Mecano nos enseñó a romper nuestros límites, que no es más que un eufemismo de que solían romper la lengua castellana. ¿Quién no recuerda aquel (desgraciadamente) inmortal “nos damos un bexo”, en rima magistral con el precedente “a la luz de un flexo”? Ésa es una de las grandezas de Mecano, que no se limitaron a desafiar los límites del lenguaje, sino también los de Wittgenstein, al que consideraremos filósofo e, incluso, austriaco, hasta que no se demuestre lo contrario. Comentaba antes que las relaciones entre memoria y olvido son especialmente problemáticas en el caso de Mecano, cosa que es absolutamente cierta, pero no puedo explicar la razón porque la he olvidado. Sé que esto no habla muy bien de mí y de mi memoria, pero al menos puedo afirmar con orgullo que recuerdo perfectamente quien es Abel (y no era el hermano de Caín)