sábado, 28 de diciembre de 2013

Mi nombre es Al, Al Zheimer


Mi nombre es el que es, y si tuviera memoria, podría evocar las miles de páginas que he leído (al azar y sin motivo alguno) a lo largo de mi vida. Biografías, cuentos, leyendas, leyes físicas o esos teoremas de la razón a cuyo conjunto llaman filosofía. Lamentablemente, la mayor parte de esas lecturas, caen en el olvido más profundo; y apenas vestigios desmadejados, ideas sueltas que me hubieren impresionado, acuden a mezclarse aviesamente con otros temas heterogéneos, lo que me ha granjeado más de un ridículo. Aún a sabiendas del poco provecho que extraigo de esas horas de inmersión en el afán, pasatiempo o condena de otras almas, continúo abriendo un poemario o una enciclopedia cualquiera, allí donde la fortuna, o la tracción desentendida de mis dedos ha decidido. He conocido (sin ninguna necesidad práctica de ello) la vida de personajes que, habiendo sido insignes en su tiempo, han entrado poco a poco en la oscuridad de la historia. Apenas un puñado de seres (considerando los miles de millones de calaveras que hemos dejado atrás), consiguen aferrarse a una rabiosa actualidad, y cuya vigencia depende de los libros de historia, a través de las pasiones políticas, las consideraciones raciales o el fervor religioso (que muchas veces está demasiado ligado a las dos categorías anteriores).
Si hubiera sido capaz de retener aunque fuera un átomo de la magia de miles de poemas; narraciones y frases afortunadas o pulidas con esmero que he disfrutado y olvidado, podría escribir los versos más...¡Uy!, ¿de quién es esto...?, ¡Ah sí, de Mecano!

domingo, 22 de diciembre de 2013

Hostias

Tengo la teoría de que hay una cobardía que no pasa de ser un exacerbado instinto de conservación, lo que no es malo de suyo. La idea de que si (en lo que a broncas se refiere) tienes un buen día, acabas en la comisaría; y si uno malo, en el hospital, me ha pesado a la hora de llevar un conflicto a sus extremos. Soy uno de esos tipos que solo se lían a hostias si además de acorralarle, le dan un par de sopapos. He rechazado peleas por astucia, canguele y conmiseración; tengo a gala no haber atizado nunca a un borracho o a alguien evidentemente inferior en fuerzas a mí. Sólo una vez no respondí a un puñetazo que me dieron; el tipo tenía fama de pendenciero, fuerte y persistente en sus ansias de medir fuerzas, y yo, tenía siempre algo mejor que hacer. Reconozco que muchas veces he lamentado aquella inhibición; pero la idea de que podría haber sufrido una derrota con sangre propia y cardenales, me ha hecho considerarla un mal menor.
La violencia, sólo le parece divertida a aquellos que no tienen otros campos en los que hallar disfrute o victorias, y afortunadamente, a lo largo de mi vida, he tenido tantos intereses más positivos que esa afición primitiva a los mamporros, que he centrado mis energías en ellos.
Mi último episodio de violencia física, se saldó con un prodigioso gancho de izquierda a la mandíbula, como si lo hubiera practicado diariamente durante años. No es que sea zurdo, es que en la mano derecha llevaba un paraguas que ni siquiera solté para no mojarme en aquel otoño madrileño ante una grosera falta de urbanidad. La moraleja para el damnificado  podría ser:       
  "Nunca ataques a un tío cabreado que lleva el puño izquierdo engatillado". 
Mi rival me prometió venganza; pero nunca le volví a ver, lo que habla de su sensatez ante la impresión que pudiera haberle causado tanta pericia pugilística; en realidad fue un milagro afortunado (para mí). Él al parecer, nunca lo supo y yo me quedé con el buen sabor de boca de haberme retirado con una victoria tras cincuenta años de vivir en los suburbios de diferentes países.
 Hace ya muchos años de este episodio, y espero que la vida me conceda la gracia de que haya sido en verdad, mi última incursión en las disputas físicas; los revolcones ahora, los prefiero con caricias, abrazos y besos. En esto no pienso colgar los guantes, de momento.