viernes, 26 de febrero de 2010

Recurrencias

En cualquier noche estrellada, a las afueras de la ciudad, podemos sentir esa sensación de pequeñez tan recurrente en tales circunstancias. Muchos se ponen filosóficos, y los más informados, pretenden impresionarnos con el dato de que, probablemente, esa estrella tan brillante que vemos, se haya extinguido hace siglos. Inevitablemente surge la elucubración pro alienígenas; no tendría sentido tanto espacio para cuatro gatos como somos. También yo sostuve esa teoría, como quien echa mano de una lógica irrefutable para saldar una cuestión.
Seguramente hay vida por ahí fuera, y hay quien dice que inteligente, que por eso no se ponen en contacto con nosotros, y nos eluden como quien esquiva a un vecino patoso; sin embargo, a mí no me queda tan claro que así sea. La vida es muchas cosas, y pretender hacer una escala con nosotros como patrón de medida, es cuando menos pretensioso. Valemos tanto como un paramecio, aunque nos empeñemos en nuestro origen divino, y somos tan vulnerables como él ante el enemigo apropiado. Creemos ser superiores porque hemos llegado al patio trasero de nuestro planeta para montar un telescopio, y elaboramos teorías que tarde o temprano, llegarán a verse afectadas por una de las sentencias preferidas de mi madre cuando descalificaba a una persona o creencia: "Tiene más tonterías que libro viejo". Hace unos minutos, Atlas sostenía al mundo sobre sus espaldas, y hace un segundo la antimateria nos acecha armada de positrones. Usamos estos argumentos para no decir: ¡No tengo ni pajolera idea!. Toda la sabiduría de la humanidad cabe en unos cuantos circuitos integrados, y si bien nos parece que hemos alcanzado altas cotas, seguimos siendo polvo de estrellas.